Elogio del pesimismo

26 febrero 201002:33 por Juan Sobejano

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Juan Sobejano

Juan Sobejano »

El ser humano es ciclotímico por defecto. Navega normalmente entre los extremos con una naturalidad más propia de funambulista que de ser racional y lógico. Pasa, pasamos, de la bondad a la maldad, de la belleza a la fealdad y del pesimismo más absoluto a un optimismo infantil e irracional. En el fondo es un mecanismo de defensa, una compensación ante los palos y espejismos de la realidad que nos ayuda a alcanzar un cierto equilibrio existencial. En realidad esto sería lo ideal, vivir, o al menos tratar de hacerlo, en el permanente justo medio que tanto elogió Aristóteles como morada de la virtud intelectual. Sin embargo, nuestra reacción suele ser desmedida, profundizando en el adjetivo hacia el que tendemos sin atenuar posibles consecuencias. Y lo estamos viendo en el sector, el nuestro, el turístico.

Vivimos un momento de crisis económica, de puesta en duda de muchos de los fundamentos que sostenían esta armazón empresarial y conversacional que se llama mercado, de posicionamiento firme ante los vaivenes que se están produciendo y que afectan a nuestras cuentas de resultados. Ante esa crisis nos plantamos en el lado opuesto del péndulo de su realidad. Ahora ya se escuchan voces que empiezan a hablar de una pronta recuperación, de una más que incipiente mejora de los más importantes mercados emisores, que nos salvarán de una temporada de frustración. Volveremos a recuperar el nivel de visitantes que teníamos hace unos años y todo volverá a ser igual.

Ante eso, ante ese optimismo voluntarista, el pesimismo, el pesimismo activo del que habla Pedro G. Cuartango, el análisis realista y activamente transformador que defina la realidad como es y no como nos gustaría que fuera. Un pesimismo que nos lleve a buscar una base sólida desde la que reconquistar una situación que, si no vuelve a ser la misma, sí sea el resultado de la búsqueda de unos objetivos más realistas, no tanto basados en la cantidad como en la rentabilidad.

El optimismo infundado lleva a la parálisis, al “todo está perfecto, ¿por qué cambiarlo?” que hemos vivido en el sector durante años. Ser conscientes de nuestras necesidades y nuestros problemas es el primer paso hacia la transformación. Vemos muchos destinos convencidos de que tienen un magnífico producto cuando en realidad sólo tienen servicios, inconexos y sin poner en valor. No hacen nada porque no tienen la información adecuada y ni siquiera son conscientes de lo que quieren sus clientes porque no les escuchan.

Paula Martínez dice, “El éxito de una marca está en que los actores encargados de su posicionamiento en el mercado interioricen sus atributos como si éstos fueran rasgos de su propia personalidad. Sólo así podrán reaccionar de forma lógica e inteligente ante factores estresantes externos sin hacer enfermar a la marca.” Estoy de acuerdo. Hemos de interiorizar unos atributos que hemos de conocer, pero siendo conscientes de que ese conocimiento ha de ser compartido con el viajero. De nada nos va a servir potenciar unos atributos si estos no son importantes para el turista. Hemos de cambiar nuestro punto de vista, el foco que ilumina el problema, y dar más importancia a la visión que tenga el viajero de nuestro destino. Debemos empezar a ser más escépticos con nuestra perspectiva.

El pesimismo activo nos va a ayudar a poner todo en duda, a vivir en la duda permanente, en esa duda metodológica de la que hablaba Descartes y que no paraliza porque, al contrario, es la base de una acción sólida e informada. Lo otro nos obliga a creer en un turismo tradicional, basado en una forma de comercialización obsoleta y en la que el destino era definición de los proveedores y asunción de los clientes. Mantener eso es una forma de suicidio como otra cualquiera, una apuesta por el languidecimiento de la oferta y, por ende, de la demanda. Sólo un objetivo de transformación basado en una acción coordinada y absolutamente buen informada puede ayudarnos a comprender que nuestros problemas no se resuelven ni son consecuencia directa de la crisis. Partir de esa información es fundamental para empezar a caminar por ese sendero del pesimismo activo, y en definitiva elogiarlo como instrumento de mejora e integrarlo en nuestra gestión diaria.

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