Fluir en los destinos

14 junio 201000:51 por Juan Sobejano

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Juan Sobejano

Juan Sobejano »

Nombramos el otro día a Mihaly Csikszentmihalyi (MC a partir de ahora por razones obvias) cuando hablamos de la interpretación del espacio. Hablaba MC del concepto de flujo, que nosotros interpretábamos como un fenómeno con un claro desarrollo espacial, un fenómeno que es por encima de todo humano y que permite acceder a un estado de satisfacción y felicidad en base a unos objetivos alcanzados.

MC define el estado de flujo como “la capacidad de concentrar la energía psíquica y la atención en planes y objetivos de nuestra elección, planes que sentimos que vale la pena realizar porque los hemos decidido nosotros. De esta forma se disfruta de cada momento en lo que se hace”. Independientemente de que uno pueda estar más o menos de acuerdo con esta teoría y este concepto hay algo de este fluir en el objetivo que tienen los viajeros cuando llegan a un destino turístico. Y hay algo de esa felicidad y satisfacción en los objetivos que nosotros, como gestores de los destinos, queremos que sean alcanzables por el viajero.

El estado de flujo es al fin y al cabo la consecución de un deseo, la satisfacción de un anhelo que en el periodo vacacional, en el disfrute en el destino se debe cumplir para que ese destino alcance la excelencia a la vista del viajero. El viajero consigue durante el desarrollo de este estado un mayor compromiso con el destino turístico, puesto que es en él donde ejecuta esas acciones que le llevan a ese estado mencionado, es a través de la implementación de una serie de procesos personales, todos voluntarios y satisfactorios, como accede a mantener una posición de realización temporalmente sostenida.

Repetimos que no es importante la teoría en sí ni los conceptos utilizados, sino la idea de conseguir que el viajero acceda en el destino a un estado de satisfacción previamente idealizado y que una empresa y un destino turísticos han de estar dispuestos a proveer. En ocasiones no se trata de procesos complicados ni de estrategias complejas. Y en ocasiones no se trata de actuar sobre el propio viajero. Supongamos el caso de un padre o una madre de familia que viajan con sus hijos. Lleva tiempo deseando tener tiempo de leer una novela que guarda en la mesilla de noche pero que una y otra vez se ve sin tiempo de comenzar en su vida diaria. Ha estado esperando a  las vacaciones para, tumbado/a en una hamaca de la piscina del hotel, tener al menos un par de horas diarias para sumergirse en esa novela. ¿Qué debería hacer el hotel? ¿Proveer de la hamaca? ¿Asegurarle horas de sol? Muy posiblemente la mejor contribución fuera cuidar de los hijos mediante la creación de un servicio de guardería para los más pequeños o un potente programa de animación para los mayores. No se trata en este caso de actuar sobre el propio viajero, sino sobre su entorno.

La creación de entornos de flujo, de espacios son la fase previa a la consecución de la satisfacción del viajero. Pero en ocasiones esa creación ha de solventar alguna dificultad previa. Lo ideal sería que el viajero eligiera el destino que quiere visitar en base a las expectativas que ese destino tiene para satisfacer su estado de flujo. Sin embargo, uno de los factores de decisión fundamentales que afectan al viajero es el precio. Por tanto es posible que elija no el destino que él crea que más se acerca a sus deseos, sino aquel que, acercándose, más se acerca a su presupuesto. El destino en estos casos ha de ser capaz de obviar esta circunstancia y proveer al viajero de las experiencias, escenarios y posibilidades que den lugar a la consecución de ese estado de flujo.

En definitiva no somos gestores de destinos, somos proveedores de deseos, facilitadores de escenarios imaginados. Pero esos deseos y escenarios son los que decide el viajero, no los que fija el destino o la empresa. Es ese viajero el que define su zona de confort, el espacio, preferencias y acciones con las que yo, como viajero, me siento cómodo y que sé que me van a permitir un mejor y más fácil acceso a mi estado de flujo.

Al fin y al cabo se trata de proveer al viajero de las experiencias deseadas, de conceder la posibilidad de hacer real su visión particular del destino, de conciliar ese destino con ese viajero en concreto. No es sino personalizar experiencias para acceder más fácilmente a la felicidad.

Imagen: http://www.flickr.com/photos/vonkinder/413594855/

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