La experiencia del viaje

20 junio 201023:57 por Juan Sobejano

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Juan Sobejano

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El otro día, a un artículo sobre hibridación turística de nuestra nueva sección Escucha en la Red, José Luis Momparler comentaba de un programa que están desarrollando en La Subbética, Turismo y Aceite, en el que tratan de hibridar estos dos elementos en pos de un nuevo producto.

El caso es que me recordó un viaje que hace cosa de un año hice a Jaén, en concreto a Cazorla. En él recorrí en coche los campos de olivos y tuve la sensación de estar pasando de puntillas por un espacio que merecía ser conocido. He reflexionado en otras ocasiones sobre aquella sensación y, aunque nunca he llegado a una teoría sólida, sí me ha confirmado una serie de ideas que rondaban por mi cabeza.

El otro día hablaba Julen Iturbe del concepto de “no lugar” de Marc Augé. La verdad es que no encuentro mejor definición de ese “no lugar” que esos espacios que recorremos entre destinos, esos espacios que queremos obviar y si pudiera ser saltar directamente. No hay nada que nos irrite más a los viajeros que ese pago que hemos de hacer de tiempo que es recorrer la distancia entre destinos. Y sin embargo esos caminos, recorridos y trayectos están llenos de experiencias turísticas en potencia.

Volviendo a Marc Augé, dice que hemos derivado el viaje en una búsqueda de experiencias codificadas, y esa codificación nos dice que lo importante es el destino, el final del trayecto, y no lo que hay antes. Pero del mismo modo que vivimos experiencias codificadas también mantenemos una cierta nostalgia del viaje como descubrimiento, como llegada a lo no conocido. Y es posible que esos espacios que hemos denominado “no lugares” sean la posibilidad que nos ofrece el viaje de llenar esa necesidad de conocimiento no esperado.

Entiendo que lo dicho no siempre es posible, que las largas distancias y la utilización de determinados medios de transporte impiden desarrollar una experiencia en este sentido. Sin embargo, siempre que sea posible se debería integrar el viaje en sí en la experiencia turística. Volviendo al ejemplo que comentaba de Jaén, me parecía increíble no sacar el máximo potencial a las vistas de esos inmensos campos de olivos, esos mares de aceite que reclamaban una pausa para observarlos. Yo me imaginaba en un mirador, incluso ya anocheciendo y admirando cientos de luces que titilaban en la naciente noche gracias a las linternas estratégicamente situadas.

Era una idea, realizable o no, no lo se, pero que trataba sobre todo de llenar al viaje de significado y no dejar toda la experiencia a merced de un destino todavía lejano y nunca se sabe, con la autenticidad asignada.

El viaje que lleva al destino es posiblemente la única experiencia claramente propia del viajero. Una vez finalizado el viaje, una vez llegados al hotel, la experiencia empieza a mimetizarse y a recoger sensaciones e impresiones también recogidas por los otros viajeros. Sólo durante el viaje el turista es virgen, o al menos tiene más posibilidades de serlo. Sólo entonces sentimos de verdad la experiencia de viajar.

Y si es así, ¿por qué no lo integramos en la experiencia turística? ¿Qué nos lleva a tratar de obviarlo y reducirlo al máximo? En muchos casos el viaje ha dejado de ser tal y se ha transformado en un traslado, en un transitar por tubos que unen destinos que hay que cruzar para llegar al otro lado.

Foto: http://www.flickr.com/photos/raul-flakillo/2515420279/

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