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Manifiesto contra la perfección, de Rafael Martínez, alias Estratega

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8 julio 2010 a las 0:55, por

No es la primera vez que tratamos el tema de los errores, de los fallos, de la imperfección, en suma. Ya hemos hablado de ello cuando recogimos el artículo Creatividad 2.0 de Fernando Polo en el que predicaba con acierto de las bondades del fallo como elemento integrante de la gestión.

El caso es que desde que se implantó en la gestión empresarial, y por ende en la empresa turística, el concepto de calidad al modo que vino de Japón con el desarrollo de la calidad industrial, es decir la calidad como cero defectos, el fallo o error ha sido visto como una debilidad a evitar más que como una oportunidad de aprendizaje o de mejora. La perfección es entendida como una meta real y como un objetivo medible. El resultado es un constante viaje a la frustración y a la presión diaria. El resultado es un aumento de la parálisis de los proyectos en aras de una excelencia que va más allá de mera bondad y que aspira a la perfección.

Los proyectos y los sistemas de gestión que no dan margen al error tienden a la esclerosis, a la quietud que supone un movimiento eternamente circular de autoexamen continuo y de constante y enfermiza corrección.

Rafael Martínez ha publicado recientemente un artículo que a modo de manifiesto recoge algunas máximas a favor de la imperfección. Es cierto que en algunos momentos tiene un cierto tono de humor, pero también lo es que en cada máxima hay gran parte de verdad, o al menos de espacio para la reflexión.

Estas son las 10 máximas:

1.- Advertimos que el escalón entre “suficientemente bueno” y “perfecto” requiere de esfuerzos no proporcionales a la recompensa, causa retrasos o incluso impide los resultados.

2.- Manifestamos que la obsesión con la perfección puede causar infelicidad y hasta matar.

3.- Declaramos que la búsqueda de la perfección puede arruinar cualquier plan.

4.- Denunciamos que la cultura de la perfección genera excelentes hipócritas, porque la perfección es imposible lograrla pero sí fingirla.

5.- Revelamos que la creencia en la autoperfección es patología bien conocida en lo individual pero no en lo colectivo.

6.- Creemos que la perfección puede ser repelente.

7.- Avisamos además de que la perfección es poco resistente.

8.- Reparamos en que la imperfección puede ser creativa y disruptiva.

9.- Evidenciamos que las oportunidades están en las imperfecciones.

10.- Negamos que la imperfección sea maldad.

Estas máximas tienen su desarrollo en el artículo de Rafael Martínez, y es absolutamente recomendable su lectura.

Lo que sobre todo revelan estas máximas es la ausencia de una adecuada cultura del error en nuestras empresas, lo que implica la ausencia a su vez de modelos de corrección y mejora dignos de tal nombre. No puede haber mejora si no se reconoce que hay que mejorar, esto es como los alcohólicos anónimos, para curarse primero hay que reconocer que se es, y las empresas no suelen aceptar sus deficiencias, y menos que esas puedan venir de sus trabajadores.

Repetimos, no existe opción de mejora si no hay opción al error. Y ello implica un cierto compromiso también con la libertad del trabajador, la libertad de equivocarse y de aprender de esas equivocaciones.

La perfección no es un estado, es un objetivo inalcanzable, y como tal un camino que recorrer, una especie de Shangri-La que direcciones el camino pero que no lo colapse.

Imagen: http://www.flickr.com/photos/visualpanic/2897246821/

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