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Por qué España no es Las Vegas, parte 2

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21 septiembre 2011 a las 5:00, por

derribo hotel dunas maspalomas

Derribo del hotel Dunas, en Maspalomas. Gran Canaria

Este artículo está escrito como continuación a Por qué España no es Las Vegas, parte 1.

Como ven, hay muchos temas y aspectos que tratar, pero volvamos a la gran diferencia del destino ‘sol y playa’ español respecto a la experiencia de Las Vegas o de Orlando, ya que mientras en esos destinos se trabajaba (y se ha continuado en esa línea) para crear un atractivo cada vez más diferenciado y de gran capacidad comercial, aquí se consolidó la venta de los mejores paisajes de calidad como principal línea de negocio, gracias al sol y playa, a lo que se añadió un contenido que, lejos de promocionar y profundizar en las riquezas patrimoniales o en la creación de equipamientos de ocio sobre los que cimentar el negocio turístico, se optó por vender la marca del subdesarrollo: por un lado, excursiones a locales para celebrar barbacoas con mucho alcohol barato, rifas, cantos y bailes típicos, incluido el sombrero mexicano, a cargo de aprendices de bailarines o ‘espontáneos’ con espíritu alegre para entretener a los visitantes.

La otra actividad que no podía faltar en los ‘paquetes turísticos’ de los sesenta y setenta en la España peninsular y mediterránea eran las excursiones en burro. En un país subdesarrollado como era España, no podría imaginarse una actividad más típica e identitaria que el paseo en burro, con las risas, tropiezos, caídas, así como la venta de algunos productos de la tierra para beber y comer.

Por el contrario, en Canarias el turismo ya tenía una trayectoria y experiencia previa, así como unos profetas que habían diseñado productos que permitían una más digna representación de lo local al visitante. En particular, gracias al tipismo planteado por el artista Néstor Martín Fernández de la Torre, con su Pueblo Canario, el Parador, miradores, Casa del Turista, traje típico o recuperación de las labores artesanales. O la creación de la Casa de Colón, por Néstor Álamo. Esta labor la continuaría en Lanzarote César Manrique.

También es cierto que el turismo que venía a Canarias se distinguía por su singular estacionalidad: el invierno, época alta en las Islas, pero el objetivo del Gobierno español se centraba en conseguir la urbanización y venta del mayor territorio posible, incluidas las islas de La Graciosa y Lobos, o de los islotes de Alegranza (por diez millones de marcos) y Montaña Clara (seis millones), según informaba ABC el 24 de agosto de 1973. Nos consumía la ‘fiebre del oro’ con parcelas que hasta ese momento eran improductivas. No era de extrañar. Encima, el precio del suelo en Lanzarote y Fuerteventura se multiplicó por cuatro tras la visita del canciller Willy Brandt al sur de Fuerteventura en enero de 1973, tras operarse de la garganta, escogiendo la isla majorera para su recuperación.

Pero…el impulso de las normas del periodo Fraga en el Ministerio de Información y Turismo atrajo manadas de buitres a por dinero fácil: sin medios ni administración, se amojonaron parcelas, se vendía sobre plano y con documentos y proyectos sin aprobación definitiva, se construían urbanizaciones sin infraestructuras adecuadas o simplemente sin éstas (alcantarillado, depuración, electricidad, agua, comunicaciones…) y se producían los grandes escándalos que tendrían en Sofico el más sonado/acallado de los casos de estafa. Había germinado en la sociedad española, en su clase política y en su estructura administrativa el modelo de negocio especulativo y no sostenible del turismo, el más impopular, antisocial y menos rentable.

Un país como España dilapidó su patrimonio más valioso: el territorio de calidad, su paisaje y clima, para obtener unas parte muy reducida del negocio en forma de divisas que a su vez tendría que gastar en infraestructuras para atender a esos turistas que venían tras pagar a turoperadores extranjeros el mayor desembolso de su viaje y estancia. Mal negocio, aunque sirviera para sacar de la miseria al campesinado y capitalizar en parte (los que podían pagar los préstamos o anticipos de los turoperadores) a pequeños empresarios locales.

Esa rémora la hemos soportado durante décadas. Incluso los empresarios ‘del país’, aquellos que en Canarias están dispuestos a invertir en modernos, lujosos y atractivos complejos y resorts, se encuentran ahora atados de pies y manos por la implantación de normas que pretenden poner punto final al despilfarro del territorio. Lo que no se hizo contra los depredadores llegados de fuera para especular y obtener el máximo beneficio, se impuso desde los ochenta a los empresarios que quieren impulsar el desarrollo turístico no especulativo, con nuevos productos y equipamientos con altos niveles de calidad y excelencia…

Aún así, seguimos (casi) con el mismo burro… Hay mejores equipamientos, establecimientos especializados, mucha profesionalidad… Pero seguimos con el mismo producto: sol y playa (y en Canarias el clima). De hecho, los principales parques temáticos, los más costosos, salvo el caso de Terra Mítica (iniciativa pública que ocupó 450 hectáreas de suelo no urbanizable con una inversión de unos 400 millones de euros), se han realizado en lugares que no tienen que ver con los destinos turísticos de sol y playa (en éstos encontramos parques te tipo medio y muy inferior coste: Loro Park, Siam Park –que costó unos 50 millones-, Palmitos Park…), como el Warner Madrid (380 millones de euros más otros 86 pagados por la Comunidad de Madrid para sus accesos por autopista y tren), Xanadú Madrid (más de 360 millones de euros para poder esquiar todo el año), o el Port Aventura en Salou, con sus más de 800 hectáreas de las que se han ocupado unas doscientas para una inversión inicial de 300 millones de euros.

Seguimos con el producto estrella de sol y playa; acompañado de diversos parques temáticos sin alcanzar el nivel de ‘marca’ creado por Disney; con una excelente imagen de nuestra gastronomía; infraestructuras más modernas y de calidad; puesta en valor del patrimonio, etc. Cosas que tuvieron que potenciarse y evolucionar desde los primeros pasos del turismo. Pero… ¿hasta cuándo vamos a esperar para revolucionar el sector? ¿A qué viene tanto miedo a tirar construcciones, recuperar espacios de calidad y levantar nuevos y sorprendentes establecimientos? ¿Por qué no nos decidimos a crear el destino de entretenimiento –que no de botellón- para el turismo europeo? ¿Esperaremos a que otro país mediterráneo –ya libre de dictatorzuelos corruptos- nos tome la delantera?…

Año tras año gastamos millones y millones en estudiar los mercados turísticos y los perfiles de clientes. Añadimos a eso millones y millones en promoción y vuelta a vender lo mismo en ferias a las que van supuestos profesionales de un sector que ya cambió radicalmente (no he visto por ahí a Mark Zuckerberg o a los creadores de Google, que es por donde van los tiros de la nueva comercialización), y mantenemos recursos obsoletos, pero la marca sigue siendo la misma y España continúa a lomos del burro y la barbacoa, eso sí, ahora la música es de Georgie Dan y no la canción ‘Y viva España…’ que compusieron los belgas Leo Caerts y Leo Rozenstraten…

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