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Emparedados y pasteles de jengibre

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3 abril 2012 a las 5:00, por

Kamut ginger cake, en Flickr.

A muchos se nos puede antojar un viaje por las papilas gustativas. A mí el primero se me presentó de niña, leyendo Los Cinco, saga de culto que este año cumple setenta años y que ha iniciado en la lectura a miles de baby boomers.  Y es que he de admitir, que lo que más me fascinaba, aparte de la aventura, era el tentempié de los protagonistas cuando salían a resolver misterios.  Y me da la impresión de que es una sensación tan extendida entre los niños lectores de los sesenta y los setenta, que debería tener un apartado exclusivo en VisitEngland, pues creo que a más de uno le apetecería de repente un viaje a ese país con sólo apelar a ello.

Yo, que no sabía entonces a qué podía saber el jengibre, y que imaginaba un emparedado como algo mucho más sofisticado y exquisito que un simple sándwich de pan de molde, asistía embelesada a los preparativos previos al picnic de los protagonistas de Enid Blyton casi con más curiosidad por probar toda aquella desconocida parafernalia, que por visitar esos lugares verdes en los que transcurrían las historias, con ríos y cimas escarpadas, dados a lluvias, niebla y tormentas, tan radicalmente diferentes a los paisajes volcánicos de mi Lanzarote natal.

En lo sucesivo, he experimentado muy pocas situaciones similares, pues, de adulta, mi mente me ha guiado, casi exclusivamente, hacia experiencias gastronómicas cuyos sabores habían sido valorados positivamente tras una degustación previa. ¿Pero descarto con ello que alguien pueda causar en mí un efecto parecido con una historia? No, no lo descarto. Es más, me encantaría que fuera así y que el motivo del viaje surgiera impulsado por una cuestión netamente vinculada a la curiosidad por la ejercitación novedosa de los sentidos.

La última vez que me compré a posta algo con jengibre por el mero hecho de recrearme en ello, fue el pasado noviembre en un supermercado de Tallin. Se trataba de galletas navideñas. Me paré ante el estante, recordé con qué fervor deseaba entonces saber a qué sabía algo así y las puse en el carrito. Al salir, abrí el paquete, olí su contenido, cogí una galleta, la paladeé, y volví a sentir un cierto sentimiento de triunfo por haber logrado un objetivo marcado con la edad que ahora tiene mi hijo, prototipo de la generación Z, pero con la misma afición que su madre por marcar rumbo a su vida mediante el placer que deriva de la manducatoria. Y mi yo triunfante deseó que a nadie le quede por degustar, allí donde se cocina, algo que deseó probar de niño. Y que nadie pierda nunca, con todos los canales de contenido relevante que deberían estar presentes y al alcance de todos, la oportunidad de desearlo.

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