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De árboles y trúfulas

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8 mayo 2012 a las 5:00, por

tree-lined road italy

"Tree-lined Road Italy", Robert Crum. Flickr

Hoy voy a confesarles algo: yo lloro en el cine en las películas infantiles. Siempre. Vale que en Bambi, cuando matan a su madre ha llorado todo el mundo, pero es que yo me eché a llorar como una descosida en Toy Story 3 y el sábado volví a enjugarme las lágrimas en Lorax, en busca de la trúfula perdida. Consciente como soy de que eso es completamente ridículo, miro de reojo a mi alrededor para ver si hay algún niño (empezando por el que acompaño) o algún padre al que le pase lo mismo. Nada, dan cuenta de las palomitas con más ahínco, quizás, pero, debilidad, ninguna. Qué poco consuelo.

“Lorax, en busca de la trúfula perdida” es una crítica al crecimiento sin tino, a la cultura del plástico y a la insensibilidad, y una loa a la naturaleza y a los árboles. Y que quieren que les diga, a mi me gustan los árboles, desde mi lado frívolo y desde el menos frívolo, desde los dos. En el primer caso, porque los árboles lo mejoran todo: una calle de edificios feos, un parque desangelado, los alrededores de un hotel… y en el segundo caso, por lo que representan, en la esfera práctica y en la simbólica.

De todos las nefastas consecuencias atribuidas al crecimiento turístico, una cosa buena hay que reconocerle a los hoteles, los complejos vacacionales y el turismo reciente, en general, y es que suelen ir acompañados de amplias y cuidadas zonas ajardinadas, que, en muchas ocasiones son las únicas manchas verdes de la zona. Pero, en líneas generales, el planteamiento urbano, desgraciadamente, dista aún mucho de ese uso, ilustrado y refinado, de otra época, plasmado en los jardines secretos o en la intervención singular realizada en algunas ciudades.

Ejemplo de ello es Luis Napoleón que, habituado a los parques de Londres, no duda en cambiarle la cara a París, solicitando a Haussmann cambios radicales, entre las que incluyó más espacios verdes allí donde fuera posible. Y el eficiente prefecto del Sena, no sólo derruye las insalubres y problemáticas calles medievales para construir los grandes bulevares que conocemos hoy, sino que aprovecha cada plazoleta, cada esquina, para plantar árboles, 100.000 en total. Elemental ejercicio obviado hoy por muchos responsables municipales, que no se molestan en dejar un triste agujero para un árbol tras las obras de remodelación que realizan a menudo (los habitantes de Arrecife me entenderán).

Las iniciativas vinculadas a los árboles funcionan ya en muchos sitios, y el sector turístico ha originado algunas muy interesantes. TUI, por ejemplo, promueve una plantación de pinos en Mallorca, denominada TUI Bosc, pero creo que las acciones en vigor no son suficientes. Estimo que habría que crear más mecanismos en el ámbito turístico para donar árboles. Y creo que debería promoverse su seguimiento y que éste fuera aparejado al crecimiento vital de las personas, incluso cuando uno sabe que no va a poder disfrutar de su sombra. Elton Trueblood lo resumen muy bien en una sentencia que supone la antítesis del tan extendido “cortoplacismo”: “cuando un hombre planta árboles bajo los cuales sabe muy bien que nunca se sentará, ha empezado a descubrir el significado de la vida”.

Yo, por mi parte, espero seguir viendo historias que me conmuevan en los cines, y también espero seguir pensando, como Martin Luther King, que aunque supiera que el mundo se acaba mañana, “yo, hoy, todavía, plantaría un árbol”. Salve, Lorax, por las lágrimas.

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