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Las vacaciones del barón rampante

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22 mayo 2012 a las 14:00, por

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"El Barón Rampante", Mondovisione. Flickr

Si Cosimo Piovasco de Rondò, protagonista de El barón rampante, tuviera que elegir hoy donde hospedarse, lo tendría mucho más fácil. Para aquellos que no hayan tenido el placer de leerla, someramente diré que ésta es una de las tres novelas cortas de Italo Calvino, que junto con El vizconde demediado y El caballero inexistente configuran la triología Nuestros antepasados.

Cosimo es el primogénito de una familia noble de la Liguria del siglo XVIII y heredero del título familiar, la baronía de Rondó, que a la edad de 12 años y en medio de una situación asfixiante y de una existencia con la que no comulga, decide rebelarse en una cena familiar y salta desde el balcón a la rama de un árbol, prometiendo solemnemente que no volverá a bajar. En los árboles transcurrirá su inusual vida, de los cuales verdaderamente no bajará jamás.

Si Cosimo fuera un personaje actual tendría mucho más fácil mantener su promesa de no volver a poner un pie en el suelo, pues entre las actuales ofertas de alojamiento, hay una que se adapta perfectamente a tan extraño patrón. Me refiero a los hoteles “suspendidos” en el aire”, y más concretamente a la originalísima propuesta de timecircus, cuyo AirHotel es una de las ideas más frescas y sorprendentes nacidas al hilo de este concepto. El AirHotel es un establecimiento móvil concebido como  una mezcla de arquitectura, performance, conceptos vitales poco trillados y un staff con impronta de personajes de Fellini. Incluye una máquina del bienestar, una habitación del loto, un nido de amor… En los veranos de 2010 y 2011 ha estado en Bélgica y este año, hasta el 2 de junio estará ubicado en el entorno del Norfolk & Norwich Festival, en el Reino Unido.

La segunda propuesta con la que Cosimo hubiera podido disfrutar de una escapada sin traicionar su firme promesa es la de las cabañas en los árboles, una modalidad presente en algunos lugares de España y de la que daré debida cuenta próximamente. Y es que ambas opciones no sólo permiten sorprender a nuestros acompañantes o premiar nuestros últimos resquicios  infantiles con una opción realmente diferente, sino que permite sumergirse directamente en la naturaleza, interactuar en espacios y escenarios olvidados desde hace mucho tiempo, observar el mundo desde una perspectiva distinta y divertirnos y disfrutar en todos los momentos de la estancia, también en aquellos, habitualmente banales, que en cualquier otro caso, serían de mero trámite: en el check in, al entrar en la habitación, al pedir un té, o en el placer de la inacción, simple y llanamente sentándose a escuchar. Así lo describe Cosimo, desde uno de los árboles en los que habita:

Hay un momento en que el silencio de la campiña se junta con la cavidad del oído como un polvillo de ruidos…  Los ruidos se atraen unos a otros, el oído llega a distinguir siempre unos nuevos… Las ranas, mientras tanto, siguen con su croar, que queda al fondo y no altera el flujo de los sonidos, del mismo modo que la luz no varía con el continuo parpadeo de las estrellas. En cambio, cada vez que se levantaba o corría el viento, todos los ruidos cambiaban y eran nuevos. Sólo quedaba en la cavidad más profunda del oído la sombra de un bramido o un murmullo: Era el mar

Yo, como muchas otras personas que conozco, no he vuelto a experimentar jamás la emoción que sentía en la adolescencia al leer una buena novela, la sorpresa al descubrir a Stendhal o a Italo Calvino, la sensación de haber vivido algo extraordinario al finalizar una de sus historias. Ello, desgraciadamente, ha transmutado con el tiempo en una sensación que frustra con rabia la lectura de muchas novelas, que empiezo y no termino por no despertar en mi interés alguno, y que tiene como consecuencia inmediata leer mucho menos y haber migrado de género, de la novela a la historia o al ensayo, para ahorrarme un filtro literario que salvo alguna excepción, ya no me satisface. En esa pérdida irreparable, cuento por lo menos con el consuelo de poder vivir en la realidad, y en primera persona, lo que hacían algunos de los personajes de mis novelas favoritas, y de rememorar, como en este caso, el pundonor de Cosimo, del que me acuerdo, siempre y cada vez que me enfrento a una situación profundamente injusta, valorando en muchos casos, siquiera simbólicamente cuando esto ocurre, subirme a un árbol en rebeldía.

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